Universidad

Arqueóloga en la “Matrix” de la academia

Con mi colega y tutorado, Felix González Insua en los despachos de la Facultad de Historia de Ourense. NON queremos hotel no Castelo de Monterrei.

Con mi colega y tutorado, Felix González Insua en los despachos de la Facultad de Historia de Ourense. NON queremos hotel no Castelo de Monterrei.

Suena el despertador a las siete y media. En realidad no hacía falta el sonido, porque un extraño reloj interno funciona desde hace meses, arrojándome desde el sueño a la realidad del campus universitario. Estos días, el estrés mantiene alborotadas las neuronas por los últimos desatinos del sistema de garantía de calidad, la flor y nata de la burocratización universitaria llevada al extremo.

A veces me pregunto cuándo se produjo este salto cuántico del paletín al bolígrafo, de la arqueología a la burocracia, de los estratos a las competencias, de las Ues a los ECTS, de la cata al despacho, de fuera a dentro.

Cuando me licencié, mi tía me regaló unas bonitas tarjetas verdes de papel verjurado con una nueva identidad: “Prehistoriadora”. Yo quería ser arqueóloga, pero quería enseñar en la universidad. Quería demostrarles que había una Prehistoria alternativa a memorizar los porcentajes de restos de talla levallois, los niveles de Cocina I y Cocina II, e  infames listas con nombres de yacimientos. Así que me empeciné y tras largos años de lucha, la Facultad de Historia se convirtió en lugar de encuentro, sobre todo con alumnos y alumnas, retroalimentadores de sueños. Por ellos y por un ejercicio de responsabilidad, acepté el cargo y me presenté a decana. No lo hice con convicción, pero me convencí a mi misma de que valdría la pena.

La Universidad ha cambiado mucho desde que yo quise enseñar en ella. Los pasillos y las aulas están casi siempre vacíos.  Enjaulada en el gigante de hierro, a veces solo escucho el triste ruido de la máquina de café. La universidad pierde sus tiempos, esfuerzos y recursos en esa realidad paralela de la “universidad en cifras”. El SID no es algo en una galaxia lejana, sino un repositorio de datos e indicadores, los que marcan el ritmo y a conformidad en los informes de seguimiento. Aplicaciones tediosas que no se traduciros, porque carecen de sentido en el mundo real. Solo sirven el el “Dow Jones” de la “liquidez” académica, en el ranking que clasifica nuestro mundo desde Shangai.

Mientras otros hacen balances en números verdes de la Matrix (y no las de los hijos Harris, que diría el amigo Juani García), recontando con avaricia “discentes” desmembrados por “sexo y cohorte”, o “egresados” por “tasa de éxito”, yo hago mi propio balance viendo a chavales jóvenes, de poco más de 18, que están desanimados y entristecidos por una realidad subrealista. Casi les da vergüenza mostrar sus ilusiones. Casi se sienten culpables por haber elegido una Facultad de Historia.

Hoy llegué tan temprano a la Facultad, que aun estaba cerrada. Me fui a tomar un café al bar de enfrente, y me invitaron los conserjes. Luego entré en centro, e inicié los papeleos habituales. Estamos a la espera de la verificación de la remodelación de un Grado en Geografía e Historia, adaptado al EEES, mientras peleamos por implantar una oferta formativa interuniversitaria en Arqueología y Ciencias de la Antigüedad, y un título de máster en Valoración, Gestión y Protección del Patrimonio Cultural. Han sido meses de reuniones, informes, alegaciones, planificación, gestiones, formularios, y en definitiva, esfuerzos que exigen una implicación parecida a una autoinmolación controlada.

He atendido un par de llamadas temprano, y he revisado el Facebook de la Facultad y el propio, para recordar que tengo colegas que quieren tomar un café conmigo desde hace meses. Luego he presidido una Junta de Centro con doce puntos en el orden del día en los que se han tratado cambios de normativas, expedientes, tasas, aires acondicionados, reconocimientos de créditos, calendarios de exámenes, horarios, tribunales, e informes de incoación de bienes de interés cultural… Luego he tenido una reunión con la delegacion de alumnos. Nos turnaron en la sala nuestros vecinos de Ciencias de la Educación, que también se reunían. Despachados los trámites, he contestado mil correos electrónicos… atendido llamadas, atendido a alumnos que reclaman revisión de notas de exámenes… después he ido a una reunión de promoción y difusión de las titulaciones que ha convocado a un vicerrector y varios decanos y vicedecanos. A las 12 falta bajé a solucionar la falta de quorum para una comisión académica. Luego me he peleado con las alegaciones al informe de seguimiento del título. Y sin darme cuenta, me han dado a las tres y me he ido a comer a mi casa… sin hambre.

Al salir del edificio, las puertas se abrieron y entró el aire fresco de la calle. Había gente tomando unas cañas en el bar de enfrente, hablando de futbol. Subí por la sombra, hace calor… porque es verano. Después de comer, encendí la tele buscando cinco minutos de encefalograma plano…. celebraban los 5 años en pantalla de Sálvame diario. Esa realidad de la píldora blanca que sobrevive sin esfuerzo.

Por la tarde hice recuento de pendientes para priorizar las tareas. A las cinco hablé por teléfono con la vicedecana. A las seis recibí un mensaje de apoyo de la delegación de alumnos. A las siete atendí a tutorandos propios y ajenos, e hice ese intento de siempre de empezar a escribir un artículo  sobre depósitos de la Edad del Bronce que debo desde hace meses. Y ahora estoy escribiendo esto.

Por supuesto, este día a día solo es llevadero por la gente que me rodea, colegas, amigos y compañeros, que comparten esta forma de ser arqueólogo que llaman “la academia” y que lejos de formalismos, implica para mi un compromiso dentro y fuera de la cata con el mundo que nos rodea, sea cual sea.

Ni me arrepiento, ni me compadezco. Solo quería contaros un día, y eso es lo que he hecho.